Hay proveedores que no se cambian: por qué no todo se decide por precio

Llevas más de 25 años comprando el mismo producto al mismo proveedor.

Durante ese tiempo aparecen alternativas.

Algunas seguramente más baratas.

Ni siquiera hace falta buscarlas. Con los años, ellas mismas te encuentran.

Y, sin embargo, sigues comprando en el mismo sitio.

En nuestro caso hay una pequeña tienda en el centro de Barcelona donde compramos desde hace años los trofeos que entregamos en muchos de nuestros eventos.

Porque si hacemos competir a la gente, qué menos que dar algo a los que ganan.

Una relación que empezó comprando trofeos

Desde los primeros años hubo buena química con las personas que nos atendían.

Al principio era simplemente una relación proveedor-cliente.

Tú haces un pedido.

Ellos lo preparan.

Tú pagas.

Y hasta la próxima.

Pero cuando una relación profesional dura años empiezan a ocurrir otras cosas.

Te conocen.

Saben cómo trabajas.

Saben que, a veces, un cliente decide tarde que quiere medallas.

O que alguien —nosotros incluidos— se ha olvidado de hacer un pedido cuando tocaba.

Y cuando aparece uno de esos momentos en los que necesitas un favor, están ahí.

No somos su mejor cliente

Y hay algo que para mí tiene todavía más valor.

No somos precisamente su cliente más importante por facturación.

Hay empresas que probablemente les compran muchísimo más que nosotros.

Pero cuando hemos necesitado ayuda nunca nos han hecho sentir que nuestro pedido era menos importante.

Eso también se recuerda.

Porque cuando organizas eventos hay proveedores que simplemente te venden cosas y otros que, con el tiempo, acaban formando parte de la manera en la que trabajas.

Hay cosas que no aparecen en un presupuesto

Hace años que ya no vivo en Barcelona y muchas veces es mi equipo quien recoge los pedidos.

Por eso los veo bastante menos de lo que me gustaría.

Pero cuando soy yo quien pasa por allí suelo llevar unos bombones, unos cruasanes o cualquier cosa para merendar.

No porque forme parte de ningún acuerdo comercial.

Simplemente porque después de tantos años la relación ya no consiste únicamente en comprar trofeos.

Y esto también forma parte, para mí, de trabajar con proveedores.

Lo barato no siempre sale más barato

Por supuesto que miramos costes.

En un evento hay presupuestos que cumplir y los números importan.

Pero hay cosas que no se pueden comparar únicamente mirando dos columnas de Excel.

¿Qué vale un proveedor que responde cuando necesitas algo tarde?

¿Qué vale alguien que ya sabe cómo trabajas?

¿Qué vale no tener que empezar de cero cada vez?

¿Y qué vale saber que, cuando aparece un problema, al otro lado tienes a alguien dispuesto a ayudarte?

A veces aparece un proveedor nuevo con un precio mejor.

Puede ser incluso bastante mejor.

Pero cambiar no siempre significa ahorrar.

Porque también tienes que valorar todo lo que dejas atrás.

La lealtad también forma parte del trabajo

Después de más de 25 años organizando eventos he llegado a una conclusión bastante sencilla:

hay cosas que no vale la pena negociar constantemente.

Si alguien trabaja bien, responde cuando lo necesitas, te facilita la vida y durante años ha demostrado que puedes confiar en él, esa relación tiene un valor.

Y ese valor no siempre aparece reflejado en una tarifa.

Seguiremos comprando nuestros trofeos en aquella pequeña tienda de Barcelona.

Probablemente alguien nos los podría vender más baratos.

Pero hay proveedores que, con el tiempo, dejan de ser simplemente proveedores. Y esos no se cambian tan fácilmente.

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